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¿Dónde nace el partidismo y fanatismo político en Estados Unidos? La respuesta al aire que dejaron los padres fundadores de la nación.

Partidismo. Foto de Katie Moum en Unplash

Antes del país convertirse en un equipo de azules y rojos, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? A pesar de que los padres fundadores fueron quienes crearon los primeros partidos políticos del mundo, en un principio no estaban de acuerdo con el sistema partidista. La historia narra cómo ha habido cinco fases de establecimiento de partidos políticos, donde sin sorpresa alguna, ha abundado la división y el racismo. La primera separación ideológica sucede durante la Guerra Civil estadounidense. En ese momento, los padres fundadores de la nación no solo empezarían a crear un sistema bicameral, pero también los primeros partidos políticos del mundo. Sin embargo, George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, consideraba que la creación de grupos internos representaba un peligro, debido a que los desacuerdos podrían llegar a separar a la nación. Incluso, Washin gton estrenó la presidencia de todo un país sin formar parte de ningún partido al momento de su elección.

Años más tarde, estos padres parecían dos hermanos irreconciliables y decidieron llamarse los federalistas y anti-federalistas. Estos eran los demócratas y republicanos del momento. Los federalistas—liderado por Alexander Hamilton—abogaban por la ratificación de la Constitución. Por otro lado, los anti-federalistas—presidido por Thomas Jefferson—, se negaban a la idea de un gobierno centralizado, puesto que consideraban que, posteriormente, esto podría dar lugar a una monarquía. Estas divisiones fueron en aumento debido a inconsistencias ideológicas y raciales. En 1834, nace el partido Whig como oposición al Demócrata. 62 años más tarde, el partido Whig se disuelve por desacuerdos raciales internos. Tanto los demócratas como los disidentes del partido Whig enfrentaban discrepancias debido a que su influencia en el Congreso provenía de representantes sureños que poseían esclavos.

Después de 200 años, el partidismo político se ha intensificado a tal punto de entrar en una guerra ideológica mundial. Desde la toma de poder del expresidente Donald Trump, tanto demócratas como republicanos dejaron la política tradicional a un lado y decidieron usar la segmentación ideológica como estrategia política para atraer seguidores fanáticos y no votantes con criterio. La política en Estados Unidos dejó de ser una herramienta social que reúne los intereses de los ciudadanos y empezó a ser un partido de fútbol sin arbitro. Ahora, los dos partidos políticos parecen ser un Argentina vs. Brasil en el Estadio Maracaná con los hinchas ciegos bajo las tres armas de todo desorden social: tensión, polarización y fanatismo.

Ya dejó de preocuparnos quien puede resolver nuestras necesidades como sociedad. Pasamos de responsabilizar a los que ejercen el poder a justificar cada vez que nos bofetean con sus leyes anti-inmigrante o ante su ineptitud para generar cambios. Somos la víctima que está ahogada en una relación con violencia doméstica. Votamos por emoción, no con propósito.

Los demócratas, por su lado, representan la visión social que los republicanos repudian. El demócrata no es socialista y quien crea la falsa retorica del partido republicano está cayendo en la guarida de desinformación más descarada en política estadounidense. Al igual que, los republicanos no son supremacistas blancos. Sin embargo, cuando se trata de migrantes, el partido republicano se ha encargado de instalar los tres componentes para avivar la división y desviar la realidad del electorado: La completa negación ante la derrota de Trump en el 2020, el establecimiento de políticas anti-inmigrantes y la amplificación falsa de “comunista = demócrata”, jugando con el trauma y dolor de aquellos que hemos sido víctimas de regímenes dictatoriales como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Al final esta estrategia tiene un propósito:
Hacernos creer que el culpable de la travesía de un migrante son los demócratas por ser “socialistas” y aliados de las dictaduras latinoamericanas. No hay nada más absurdo que caer en la generalización y nada más ignorante que creer en eso.

El sesgo ideológico de medios de comunicación, las encuestas financiadas por organizaciones  partidistas, la inteligencia artificial como herramienta para promover el fake news y las constantes campañas de odio por lobistas del partido contrario son los factores causantes de la división y extremismo político más agresivo de la era moderna en Estados Unidos. En este caos político, florece un grupo social moderno, con criterio, y sobre todo con las ganas de romper con los patrones obsoletos de hacer política, los jóvenes. Este grupo tiene dos opciones:
Convertirse en los fundadores de una política no enfocada en partido políticos, si no en abrazar necesidades, brindar soluciones de manera cercana para evadir la política tradicional la cual es interpretada por algunos y aplicable para pocos o convertirse en la generación más inepta y dominada de la era moderna. Lo que Agustín Laje define como “Generación Idiota”, lo llamo “la generación bipartidista”. En los jóvenes yace el futuro político de este país. Nadie me lo ha dicho. Lo viví. Como pasante en el Capitolio de Estados Unidos pude darme cuenta de que el poder está en nuestras manos.

Pero, no se nos abre la puerta, se nos exige experiencia. ¿Cómo le exiges experiencias a alguien que carece de la misma por su corta edad? Es por eso, que la política de este país se ha convertido en un geriátrico. Una red de tercera edad que ha batallado por años para cerrarle la puerta a los jóvenes. Tanto así, que nos tomó 244 años para votar al congresista más joven en la historia del país. Somos el futuro por dos razones: Primero, no nos identificamos con un discurso político, abogamos por los derechos humanos. Segundo, no estamos doctrinados o “idiotizados” del todo. Aún no estamos contagiados por la política extremista. Más aún, somos el comodín para reestructurar el país y desinstalar los prejuicios que han inyectado ambos partidos. Somos la modernización de la política. No somos originalistas ni fundamentalistas. En fin, somos el futuro de una sociedad bipartidista. Punto.

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